
José María Díez (Extremadura) se tituló como diseñador de interiores en la Escuela de Artes Aplicadas de Mérida, actividad a la que se dedica profesionalmente desde su propio estudio. Aunque con paréntesis dominados por el informalismo y por el arte povera, desde sus inicios se ha interesado por el paisaje, tanto campestre como urbano. Mi entorno natural, así como la arquitectura son poéticamente interpretados con una pincelada segura donde impera la luz y el gusto por el espacio transitado.
Después de algunas incursiones en la sierra y de un viaje a Noruega, empecé a desear solamente una sencilla materia: el grafito, que, en polvo, tornaba la idea de dibujar casi en un acto de pintar. Lápices, polvo, papeles, gomas, fixo: sólo eso. Luego llegó el placentero ejercicio de la libertad creativa, inspirada por la memoria, que siempre se oculta tras los pliegues del alma.
Sin darme cuenta, poco a poco, el polvo de grafito fue derramando sobre los papeles toda la metamorfosis ocurrida, íntegra. Geografías portentosas con sonidos de esquilas; luces lechosas, distintas, que también bañaban el Atlas; murallas que fueron defensas, pero que, entonces, cuando yo las conocí, parecían invitarme a contemplar, a imaginar, a dejarme calar por la calidad del aire del Sur en una ciudad sin tiempo.